El 13 de noviembre de 2001, la Galería
Elba Benítez presenta su segunda exposición de la
artista brasileña Beatriz Milhazes (Rio de Janeiro, 1960).
La obra de Milhazes se distingue por el colorismo barroco de
unos lienzos que en la inmediatez de una primera mirada parecen
declarar como evidente su condición de pintura de formas
orgánicas: imágenes abstraídas de flores,
ramas, hojas, intuidos fragmentos de cuerpos. Pero en todos
sus aspectos, estos trabajos reexaminan y desnaturalizan tanto
la organicidad de lo que representan como las reglas de su medio.
Lo que en un momento nos parece una forma orgánica se
nos descubre un instante más tarde como forma geométrica,
como combinación de círculos perfectos que se
desplazan de sus propios núcleos, como líneas
sorprendentemente rectas, y casi enseguida como repetitivas
orlas arquitectónicas, encajes decorativos, hilos de
cuentas de imposibles collares carnavalescos, que casi sin mediar
un segundo vuelven a parecernos partes de extrañas plantas,
de improbables cuerpos. Apenas nos dejamos seducir un instante
por el sensual placer ornamental que emana de las obras cuando
el vaivén que encarnan entre natural y fabricado, entre
naturalista y abstracto, entre orden y desorden, nos golpea
para instalarnos en una nueva experiencia de incertidumbre.
Con frecuencia se ha hablado de un carácter femenino
en la obra de Milhazes y es indudable que las convenciones del
discurso representacional de lo femenino se explotan aquí
para construir el aparato de tensiones y oposiciones que constituyen
estos trabajos, como también afloran las marcas de la
tensión entre lo popular y lo culto. Sin embargo, son
precisamente los choques entre estos distintos discursos, entre
la geometría y el orden de lo tradicionalmente concebido
como femenino, entre lo doméstico y lo externo, entre
el cuerpo y sus adornos, entre la identidad y sus disfraces,
lo que conforma la densidad y complejidad de estos trabajos.
Si esta multitud de capas de significado, de niveles discursivos,
es característica de las formas que presentan estos trabajos,
su técnica encarna literalmente este rasgo. Milhazes
se rebela contra la convencional opacidad del lienzo buscando,
dando forma a sus perfiles y a sus colores sobre una superficie
plástica transparente. La pintura se desprende luego
de esa superficie y se trasplanta, en una operación a
un tiempo quirúrgica y orgánica, al lienzo para
formar capas, para producir en él un espacio de sutil
indistinción entre lo bidimensional y lo tridimensional.
Los espacios restantes parecen resolverse de modo más
simple, más convencional. Pero esos arañazos,
esas huellas de presencias pasadas que nos invitan a pensar
en la edad de las cosas, en el paso del tiempo, y que en ocasiones
marcan las superficies -por lo demás aparentemente incólumes-
de algunas de sus obras ni siquiera nos permiten la comodidad
de instalarnos en la lisura no problemática de lo nuevo.
Las obras de Beatriz Milhazes sitúan su definición
en el punto en que una naturaleza muerta que no lo es gira sobre
sí misma para ser una abstracción viva, un paisaje
abstracto, el retrato secreto de un interior en el exterior
de un cuerpo, la fina piel que se desprende del cuerpo para
instalarse barrocamente en un lienzo.
La obra de Beatriz Milhazes ha recibido una extensa proyección
internacional con muestras en: Paço Imperial, Rio de
Janeiro; Tate Liverpool, Liverpool; Projects, Museum of Modern
Art, Nueva York; Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía,
Madrid; Keemper Museum of Art, Kansas City; Contemporary Arts
Museum, Houston; Inverleith House, Edimburgo. También
ha participado en la XXIV Bienal Internacional de Sao Paulo,
Brasil y en la 11ª Bienal de Sydney, Australia.